Lennon Tweedy

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Diciembre de 1980. Un muchacho llamado Ricardo me contó que habían asesinado a John Lennon. Estábamos apoyados en una baranda del instituto. Quizá no se llamaba Ricardo. No recuerdo bien su nombre porque era alguien que deambulaba por los alrededores de mi vida; nunca en el centro. Poco podría decir de él. Solo John Lennon nos unía, además de la baranda que nos protegía de no caer por las escaleras.
Tampoco entonces sabía que las almas no ascienden, sino que rebotan; con más o menos fuerza, dependiendo de la manera de morir y directamente proporcional al peso del alma de la persona que muere. El alma de John Lennon rebotó con fuerza contra el suelo de Nueva York y no paró hasta que llegó a Belleville, en Illinois. No sabría decir a cuánta distancia está, pero supongo que no está cerca.
Lo descubrí hace poco tiempo. Conducía y escuchaba música cuando reencontré el alma de John Lennon. Esto no es nada sobrenatural. Es una cuestión simple de necesidad poética y búsqueda de significados. Las almas encuentran refugio en otro cuerpo para no morir de frío y que su esencia perdure.
Si tuviera que escribir un relato sobre este asunto, empezaría más o menos así:
A Las 10:50 pm del 8 de Diciembre de 1980, junto al Edificio Dakota en Nueva York, Mark David Chapman asesinó a John Lennon disparándole cinco veces por la espalda. El cuerpo de John Lennon golpeó contra el suelo, y su alma, extremadamente singular en forma y peso, rebotó con tal fuerza que llegó hasta Belleville, en Illinois. En ese preciso instante, un muchacho de 13 años recibió sin querer ni saber el alma aún caliente del músico de Liverpool. El muchacho, de nombre Jeff Tweedy, también iba a ser músico y en 1994 formaría una banda llamada Wilco.

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20 Años Libertad 8

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Año 1982. Todavía en la cola para entrar, escucho los acordes de una guitarra y una voz que canta: El hombre se hizo siempre de todo material. Plaza de Toros de Tenerife. Silvio. Una voz y una guitarra: El tiempo esta a favor de los pequeños, de los menudos, de los olvidados.
Año 1983. Comencé a cantar. Una voz y una guitarra. Ese formato parecía tener fecha de caducidad; o quizá se abría un paréntesis que aislaba, momentáneamente, todo el hastío de una generación.
Año 1985. Como una forma de crear espacio entre el hastío, nace el Taller Canario de Canción: cantautores que buscan amparo en los arreglos y la instrumentación. La guitarra como un corazón que debe latir y late en el centro de algo más. Trío Eléctrico que se propone atravesar el puente y cerrar el paréntesis.
Año 1986. Silvio regresa acompañado de una gran orquesta: sintetizadores, percusión y metales. La guitarra se escucha poco y lejos; un corazón que debe latir, pero no late.
Año 1988. Estadios abarrotados. Voz y guitarra. Tracy Chapman canta: Don’t you know, they’re talkin ‘bout a revolution it sounds like a whisper. Algo sucede: una brisa que apenas si mueve las hojas de los árboles, los balancea, les roba el aroma y lo encierra en el aire. Todavía es pronto, pero algo sucede.
Año 1993. La economía española atraviesa uno de los momentos más difíciles de las últimas décadas. Se habla de crisis y nosotros retomamos la voz y la guitarra para compensar la escasez de trabajo. Al fin y al cabo, cuando tan solo se tiene la voz y una guitarra, no queda más remedio que cantar, así sin más, sin artificios, sin máscara y en cualquier lugar.
Si has tocado en un grupo, de alguna manera, has convivido en torno al fuego de un hogar. Comenzar a cantar solo, supone abordar el espacio abierto de las inseguridades, la mirada clavada en el suelo, que se resiste a mirar al frente, andar a dos patas y atravesar el desierto; donde al final, dicen, hay un horizonte.
Año 1993. Madrid. Hubo otros lugares, pero el Café Libertad 8 propició el auténtico milagro: los ojos que se incorporan, lentamente, porque sienten otras voces solapadas a su propia voz. Los ojos que permanecen abiertos, observando a los demás que también cantan, aprenden, comparten: Aquí hace menos frío que en la calle, hay leña para el fuego…
Año 1993. Madrid. Voz y guitarra. Nos basta así.
Como diría Jorge Drexler: Aprendí a burlar cerrojos, a cantar desde los ojos, a mirar desde las manos.
Año 2013. Madrid. Café Libertad 8. Voz y guitarra.
Así nos basta.

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Niños

Niña en la calle

Mercedes Sosa cantaba:

a esta hora exactamente
hay un niño en la calle

es honra de los hombres
proteger lo que crece
cuidar que no haya infancia
dispersa por las calles

Llegué a Río de Janeiro en Junio de 1994. La habitación de hotel, desde el balcón de un piso 32, daba a la playa de Copacabana. Supe cómo celebra Brasil su clasificación en una primera fase de un mundial de fútbol: amarillo y verde inundando las calles, samba y carnaval cuando aún no es carnaval; puse mis pies en las alturas del Corcovado; admiré la Bahía de Guanabara, que según Caetano Veloso, el antropólogo Levy Strauss había denominado: una boca sin dientes… Y entre paseo y paseo, vi cientos de niños rondando las calles, niñas con bebés, niños con niños y niñas pidiendo las sobras en los restaurantes y preparando cartones para pasar la noche en algún portal.
Entonces escribí:

a 30 pisos de altura
frente a la playa de Copacabana
la calle huele a humedad
a fruta sexo bronceador cachaça
a 30 pisos de altura
veo la vida que me mira y pasa
bebiendo agua de coco
frente a la playa de Copacabana

cuando den las diez no volverán a casa
se quedarán ahí no volverán a casa
cuando den las diez los niños de la playa
se quedarán ahí no volverán a casa

Mercedes Sosa seguía cantando:

pobre del que ha olvidado que hay un niño en la calle
que hay millones de niños que viven en la calle
y multitud de niños que crecen en la calle
yo los veo apretando su corazón pequeño

Me contaron que en Colombia, los niños inhalaban el humo de los tubos de escape de los coches para colocarse. En México, los payasetes, cansados de tanto malabar, dormitan sobre las aceras a la luz de los semáforos.
Y entonces, para no olvidar, escribí:

como los coches luz de farola
como los gatos y las baldosas
como las tiendas y los buzones
como basura por los rincones
como los perros
intentando vivir
viviendo

Así se levanta el andamio que hace posible una canción. Con hierros de aquí y de allá. Impulsos, realidades.
Y ese andamio, como en una construcción que se alarga en el tiempo, nunca termina de desmontarse.
En el disco Cantora, René Pérez de Calle 13, junto a Mercedes Sosa canta:

todo lo tóxico de mi país
a mi me entra por la nariz
(…)
lluvia sin techo uña con tierra
soy lo que sobró de la guerra
(…)
voy caminando por la zanja
haciendo malabares con cinco naranjas
pidiendo plata a todos los que pueda
en una bicicleta de una sola rueda
soy oxígeno para este continente
soy lo que descuidó el presidente

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