Los Mejores


se van los mejores
negados a ser y morar
destapan el frasco de polvo y se van

se van los mejores
ausentes de todo poder
abrazan la luna del amanecer

dejándonos solos
cuidando en los libros su eterno tesoro
de amor e inquietud
que el dios en quien nunca he creído
bendiga su luz

se van los mejores
calmando el dolor de vivir
detienen el curso de andar y escribir

se van los mejores
hinchado de lluvia y amor
se apaga el latido de su corazón

dejándonos solos
cuidando en los libros su eterno tesoro
de amor e inquietud
que el dios en quien nunca he creído
bendiga su luz

se quedan aquí aunque se van
nos queda el vacío y la felicidad

Escribí esta canción para Ángel González. Murió en 2008. Cuando un faro de esas dimensiones se apaga, nos queda esa oscura sensación de orfandad y andamos a tientas, desorientados, temerosos… En los últimos años las luces se han ido apagando a gran velocidad, tanto que casi ya no queda más que un hilillo entristecido de claridad: Haro Tecglen, Montalbán, Saramago, Gelman, Sampedro, Galeano, Rabinovich, Szymborska, Cesaria Évora, Mercedes Sosa, Spinetta, Cohen… y ahora John Berger. De todo, lo peor es el vacío sin forma que nos deja tanta plaza vacante.

Los Mejores fue grabada a dúo con Ismael Serrano en dos ocasiones: Vidas en Vivo y 20 Años Libertad 8.

Hurgando en la Caja Negra

En 1981, con 14 años, empecé a encontrar refugio en la palabra escrita: una forma de búsqueda, de dar respuesta a tantas preguntas sin respuesta… y escribí mis primeros poemas. Química y electricidad brotando de la parte más recóndita del cerebro. Esos poemas, flor de emociones jamás experimentadas, se generaron en el inconsciente. Algo, en el interior del cableado neuronal, me los fue dictando; uno a uno. Los presenté a un certamen en el instituto y gané el primer premio. Asiduo de las secciones de poesía de las librerías, cuando lograba ahorrar, compraba algún libro desconociendo todo de sus autores, disfrutando del placer de los ensueños, dejándome llevar y aprendiendo, sin querer, un oficio. Llegó la música. Se apoderó de toda la ingenuidad que atesoraban mis poemas y los hizo canción. Y ahí me quedé: en la casa de la trova, en La Torre de la Canción. Todas las emociones que aspiraban a ser poemas comenzaron a ser cantadas, susurradas y escondidas tras el lento divagar de una melodía. Treinta y cinco años he tardado en volver a la ribera de la palabra sola, desnuda y directamente extraída de la zona restringida y sin acceso: Hurgando en la Caja Negra.
Este año, 2016, entre los papeles guardados de mi madre, he recuperado mi primer poemario de 1981. Ya en aquel entonces escribí:

Poeta es quien ve la belleza
con los ojos cerrados,
el que llora
cuando un niño llora,
cuando un ser muere,
cuando una estrella se apaga…